Textos narrativos: la autobiografía

Rakel txikitan

Yo nací en Bilbao, el 14 de marzo de 1973. Fui la cuarta hermana de mi familia y la última ilusión truncada de mi padre por tener un varón. Mi madre me contó que conmigo tuvo un embarazo difícil y precisó bastante reposo. Como estaba cansada tomaba mucho café, todo el mundo le advertía que de seguir bebiendo esta infusión, la criatura le iba a salir negra. Y así fue, no sé si tuvieron que ver los genes de mi familia paterna o los efectos de esta oscura infusión, pero al nacer mi piel era de un color café intenso. Mis hermanas ya eran muy mayores y esperaban mi  alumbramiento expectantes como si se tratara de la muñeca que habían encargado a los Reyes. Nací al mediodía, así que aquella fue la única ocasión en la que probaron el comedor del colegio, una mala experiencia que no quisieron repetir. Ilusionadas, nada más terminar las clases, se acercaron a la clínica “La Gota de Leche”, convertida hoy en el hotel Indautxu, y se asombraron de lo fea que era. Siempre me lo han contado divertidas y riéndose: la tez oscura y llena de vello, la carita arrugada y con granitos… No era exactamente lo que habían imaginado. A pesar de esta primera decepción,  enseguida me gané el cariño de toda la familia pues era un bebé bueno y tranquilo. Poco a poco, el vello se fue cayendo de mi rostro y empecé a sonreír y a jugar con ellas. Eso sí, no perdí el color café de mi piel, que hacía juego con unos ojos entonces grandes y de color avellana. Tenía un carácter risueño y me amoldaba a todo tipo de ambientes y situaciones. Según iba creciendo mi generosidad, amabilidad y buen carácter me hacían ganar amigas y amigos fácilmente, aunque, era y sigo siendo terriblemente despistada y muy dada a ensoñaciones y fantasías.

Siempre me gustó el colegio, me gustaba mucho aprender cosas nuevas y desde primaria me entusiasmaron las palabras, los idiomas y los diccionarios. Era la que siempre organizaba los teatros en clase el día antes de las vacaciones y mis primas pequeñas se sentaban a mi alrededor para que les contara los cuentos que yo misma inventaba. Tuve una vocación literaria clara, aunque en la época del instituto opté por las ciencias, pues entonces ya se presagiaba un futuro muy poco halagüeño para las humanidades. Aun así me las arreglé para terminar estudiando Filología Hispánica y disfruté de lo lindo leyendo las grandes obras, no solo de la literatura española, sino también de la literatura inglesa, norteamericana e hispanoamericana. A través de  de la vida de escritores y escritoras de todo el mundo, pude viajar a tiempos y países lejanos;  pero la literatura me cautivó tanto como el cine, que no es más que otra forma de contar historias con imágenes.

Y hasta el día de hoy he mantenido mi compromiso con las letras, dedicándome a su enseñanza, intentando sobre todo contagiar  mi afición por la lectura y la escritura, pues pienso que son el mejor medio que tenemos las personas para conocernos a nosotras mismas y comprender a los demás. Como afirma el poeta Luis García Montero en un ensayo titulado “Un velero bergantín” la literatura sirve para aprender a ponerse en el lugar del otro y arreglar cuentas con la realidad, que nos tima siempre más de lo necesario.

 
¡¡LA PROFE YA HA HECHO LOS DEBERES,  AHORA ES VUESTRO TURNO!!
 No olvidéis que durante las vacaciones de Navidad debéis elaborar un guión en el que recojáis los datos esenciales de vuestra vida y que debéis entregárselo a las profesoras junto con la autobiografía. Aquí os dejo como ejemplo el guion en el que me basé yo:
 Si preferís contar una biografía que no sea la vuestra, podéis hacerlo, es más fácil que la hagáis de un familiar cercano, eso sí, tenéis que poneros en su lugar y escribirla en 1ª persona. Aquí tenéis un precioso modelo redactado por Josune Rey.
Nací el 20 de septiembre del famoso año 2000. Aquel que, según proclamaban alarmados todos los periódicos y televisiones, se apagarían los ordenadores de golpe. Por aquel entonces, mi madre no utilizaba ordenador ni nada parecido porque había decidido vivir en una comuna ecológica y criarme como un ser totalmente natural junto a mi padre y mis dos hermanos mayores.  Éramos una familia feliz a pesar de estar al margen de las comodidades propias de la civilización actual. No teníamos electricidad, ni radio, ni tele, ni móvil, ni nada de lo esperable en el siglo XXI.

Vivíamos en un pueblecito de diez casas. Recuerdo con cariño aquella casita de piedra con tejas rojas donde se cocinaba con leña en una caja de hierro con dos círculos en la parte superior. Los círculos se podían ir desmontando para meter palos y ramas. El último  tenía un pequeño agujero en el centro. Así, se podía sacar con un hierro sin peligro de quemarse.  Mis padres compartían sus bienes con los vecinos de ese pueblo tan diferente. Durante los veranos, llegaban gentes de todas partes para disfrutar junto a nosotros del contacto con la naturaleza. Como puedes imaginarte, no tengo fotos de aquella época. Tampoco se nos ocurrió que tuviera ninguna importancia. Por lo que me han contado, era una niña morena, delgada, bajita y sensible que exteriorizaba sus sentimientos y le gustaba expresar su entusiasmo por las pequeñas cosas de la vida.

Para que mis hermanos fueran a la escuela, tenían que recorrer un camino  de cuatro kilómetros. El mismo camino que empecé a recorrer yo misma en cuanto tuve edad para ello. En la escuela del pueblo cercano estudié primaria y ESO. Me gustaba salir de nuestra aldea para aprender. Sin embargo, allí, empecé a darme cuenta de lo diferentes que éramos. Nos llamaban “los raros”, “los primitivos”, “los ecologistas”, “los salvajes”. Empecé a reprimir mis palabras y a tener cuidado con lo que decía. Sentía frustración e impotencia cuando escuchaba esos apodos.  No podía explicarles con  palabras las ventajas de nuestra sosegada vida. No nos creíamos mejores que nadie, pero sí éramos una familia honrada, fiable e íntegra.

Este verano ocurrió una gran tragedia que me ha traído hasta aquí. Nuestro bosque, nuestras casas, todo fue arrasado por un incendio.  Todavía se investiga si pudo ser provocado o fruto de un descuido. Salimos como pudimos sin nada más que nuestros propios cuerpos chamuscados. Sentimos rabia, tristeza, aflicción y dolor. Además, nos sentimos frágiles y débiles en un mundo  desconocido. Lo habíamos perdido todo.

Mis abuelos, los padres de mi padre, nos acogieron en su piso de Basauri. Acabo de empezar bachillerato en un instituto llamado Uribarri. Es la primera vez que he utilizado lavavajillas, lavadora y microondas en toda mi vida. Estoy dándome cuenta de que soy una persona versátil y que me adapto a tantas novedades con rapidez.  Hoy en día, me veo como alguien fuerte, con capacidad de afrontar las dificultades y de superar las desgracias. No sé qué quiero estudiar cuando acabe el instituto, pero seguro que tendrá que ver con el amor que siento por la naturaleza.

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